La felicidad existe y la tenemos dentro, cada vez más dentro, más incrustada en nuestras entrañas, más oculta y desconocida. El tic tac del pasar de las horas envenena progresivamente nuestra esencia y camufla esa felicidad bajo un manto de egoísmo, codicia y materialismo. ¿Hacia dónde nos lleva la vida si ya sabemos el final? La vida está en el camino, y en ese camino, ¿buscamos felicidad o aceptación social? Y es que en esta confusa búsqueda nos dejamos guiar por las trampas de la vida y no comprendemos que aquello que realmente nos hace felices reside en el alma, y para que florezca, nos hacen falta unos ingredientes que, siendo puramente sinceros, tienen la fuerza suficiente para romper la codicia, la envidia, el egoísmo y el ego, llegando a nuestra esencia; una caricia, un beso, un abrazo, una mirada, y sobre todo, el amor verdadero y puro que esconden y remueven. Cuánto tenemos que aprender de los niños, pues representan el amor innato en estado puro que todos tenemos dentro, la felicidad, sin corazas artificiales que lo camuflen, sin miedos al ridículo. Somos amor, y el amor es felicidad. Podemos seguir ciegos en esta sociedad egoísta y codiciosa, o podemos derribar esos muros nocivos, mirar dentro de nosotros mismos y aprender a ser felices de verdad. Tic tac.

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