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lunes, 10 de agosto de 2015

Amor de garrafón

Hablamos de amor creyendo que hablamos de amor, pero el amor verdadero está oculto en nuestro interior. Nace en el manantial de nuestra esencia como personas y fluye por nosotros intoxicándose con odio, miedo, posesión, vicio, mentira y egoísmo con un triste destino en el que desembocar; el mar del sufrimiento.

La sociedad codiciosa y egoísta que nos rodea se aprovecha de este sentimiento innato que todos tenemos y lo mezcla con el consumo buscando un provecho material; tener a otra persona, cenar con ella bajo la luz de las velas, viajar juntos, hacerse regalos, pasear de la mano por un bello lugar, casarse... ¿Acaso no viene a nuestra mente esta idea al oír la palabra amor? ¿Acaso estamos tan ciegos como para no darnos cuenta de que, bajo el amor que conocemos, se esconde el dinero? ¿Acaso podemos imaginar el amor sin consumo?

El amor va mucho más allá de todo esto y, solo si olvidamos todas estas ideas nocivas y viajamos hasta nuestro yo más profundo, podremos sentirlo. ¿Qué se mueve dentro de nosotros al ver un bebé que acaba de nacer? ¿Al abrazarnos?  ¿Al contemplar una flor y embriagarnos con su aroma? ¿Al movernos? ¿Al escuchar el fluir de un río? ¿Al reír? ¿Al comer nuestro plato preferido? ¿Al sentir el susurro del viento? ¿Al entender a otra persona? ¿Al besarnos? ¿Al escuchar nuestra canción favorita? ¿Al acariciarnos?

Eso que sentimos es el amor puro, sin corazas artificiales. Sintamos el amor dentro de nosotros, no fuera. Amemos sin miedo e inundemos el mundo de felicidad, porque el amor solo puede ser eso, felicidad. 



miércoles, 5 de agosto de 2015

El sentimiento y la flor

En un pueblecito de la tierra, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía una joven llamada Norma. Moraba con sus padres en una pequeña granja de aquel lugar y, como cada día, cuando salía el sol, acudía a llenar un cántaro de agua en el pozo que se encontraba al final de un pequeño sendero. La niña, adoraba ese momento porque se sentía libre. Además, pensaba que ese tiempo era un regalo de la vida para conocerse mejor a sí misma, y eso la haría mucho más fuerte.

Un día, en la mitad del camino, se detuvo junto a una pequeña hortensia, pues su voz, su belleza y su embriagador aroma, la habían hipnotizado. La hortensia nunca había conocido profundamente a nadie y necesitaba tanto estar con Norma que cuando tenía que partir de nuevo, se sentía sola y lloraba tan fuerte que todo el pueblo podía oírla. Lo hacía tan intensamente y durante tanto tiempo que, cuando Norma volvía a pasar a su lado en el camino de vuelta, la veía prácticamente marchita y tan débil, que le debía dar un cuarto del agua de su cántaro para que sobreviviese. Un día, Norma dejó de sentir esa atracción especial por la hortensia y cuando pasó a su lado, continuó su camino sin parar. La hortensia lloró y lloró sin parar durante días, y Norma se consideraba culpable de la infelicidad de la flor. Se sentía muy triste y por ello, en el camino de vuelta, seguía echándole agua de su cántaro. Los sollozos eran mucho más largos e intensos, y un cuarto del agua del cántaro dejó de ser suficiente; ahora, hacía falta casi medio.

En la granja comenzaron a pasar sed ya que el agua que traía la joven era insuficiente, pero Norma no podía cargar con un cántaro más grande, y tampoco podía permitir que la hortensia muriese, ya que ella creía tener la culpa de su estado. La tristeza fue consumiendo a la niña cada día más, y ya no era feliz en ese maravilloso camino.

Un día, cuando estaba sacando agua del pozo, una chispa de luz brilló tras él y Norma se asomó para ver de qué trataba, descubriendo allí una flor que nunca jamás había visto. Era una margarita, pero sus pétalos eran los de una rosa roja. Se agachó y la preguntó:

            -Hola, ¿quién eres?
            -Soy una flor.
            -Eso ya lo sé pero, ¿qué haces aquí?
            -Vivo aquí desde hace mucho tiempo.
            -Si es así, ¿por qué nunca te he visto ni oído?
            -Porque los fuertes sollozos  que se oyen cada día no te han permitido   oírme, y el pozo no te ha permitido verme.

Hablaron algunos días, no todos, y Norma se sentía muy especial con esa nueva flor. Se divertían mucho juntas, la trataba genial, la escuchaba, la escribía poemas y tenía muchos detalles con ella. Era especialista en dibujar sonrisas en su rostro.

Norma se dio cuenta de que la nueva flor era muy diferente a la hortensia, y comenzó a sentir algo diferente. La gustaba ese nuevo sentimiento, pero era distinto y la entró miedo a perder definitivamente a la hortensia. "¿Y si solo puedo ser feliz con ella?" "¿Me seguirá amando?", pensó la niña. Este pensamiento hizo que, en su camino, comenzase a parar junto a la hortensia, como hacía antes.

Un día, preguntó a la nueva flor;  -¿Me sigue amando la hortensia?  Sus pétalos comenzaron a brillar, y fue arrancando uno a uno. "Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere...".
Mientras lo hacía, la nueva flor comenzó a perder brillo, y poco a poco se fue apagando, mientras la susurraba:

            -A lo largo del camino, vas a encontrar muchas flores diferentes, ninguna         igual. Te van a hacer sentir cosas muy diferentes, pero no peores a lo         que hayas sentido antes. Eres joven, y te queda por delante un camino      muy largo para ser feliz. Nunca te detengas, por nada. Nunca llores.             Sonríe.

La última chispa de brillo se esfumó de la nueva flor mientras una lágrima recorrió el rostro de Norma y cayó sobre ella.





Recuerdos

Nacemos de la nada y al morir, nos convertimos en nada. Cuando esa chispa mágica nos regala la existencia, lo único que poseemos es cuerpo, alma, y un largo y esperanzador camino en búsqueda de la felicidad llamado vida. Ese recorrido entre el nacimiento y la muerte, en el que nos rodeamos de todo lo posible en nuestro egoísta afán por poseerlo; miles de cosas a las que aportamos un valor tan fugaz como la vida misma, miles de cosas que representan la insignificancia.  No caemos en la cuenta de que todo aquello que nos "pertenece" es ajeno a nuestro alma, impenetrable en ella, y un recíproco abandono es un punto evidente en algún momento del destino de todas las personas. ¿Por qué damos tanto valor a cosas insignificantes? ¿Por qué dejamos que el egoísmo y la codicia inunden nuestro alma? ¿Por qué queremos poseer, si en el fondo sabemos que solo nos podemos poseer a nosotros mismos? Y es que la esencia, lo importante de la vida, son los momentos cargados de sentimientos, los recuerdos que impregnan nuestro alma con huellas imborrables, lo que aprendemos hasta que el último soplo de vida abandona nuestro cuerpo. Solo el día que nos topemos con la muerte, en la infinita soledad en la que vinimos al mundo, pero marcados por el tiempo y los recuerdos vividos, nos daremos cuenta de que lo único que nos queda es eso, recuerdos. 


Tic tac

La felicidad existe y la tenemos dentro, cada vez más dentro, más incrustada en nuestras entrañas, más oculta y desconocida. El tic tac del pasar de las horas envenena progresivamente nuestra esencia y camufla esa felicidad bajo un manto de egoísmo, codicia y materialismo. ¿Hacia dónde nos lleva la vida si ya sabemos el final? La vida está en el camino, y en ese camino, ¿buscamos felicidad o aceptación social? Y es que en esta confusa búsqueda nos dejamos guiar por las trampas de la vida y no comprendemos que aquello que realmente nos hace felices reside en el alma, y para que florezca, nos hacen falta unos ingredientes que, siendo puramente sinceros, tienen la fuerza suficiente para romper la codicia, la envidia, el egoísmo y el ego, llegando a nuestra esencia; una caricia, un beso, un abrazo, una mirada, y sobre todo, el amor verdadero y puro que esconden y remueven. Cuánto tenemos que aprender de los niños, pues representan el amor innato en estado puro que todos tenemos dentro, la felicidad, sin corazas artificiales que lo camuflen, sin miedos al ridículo. Somos amor, y el amor es felicidad. Podemos seguir ciegos en esta sociedad egoísta y codiciosa, o podemos derribar esos muros nocivos, mirar dentro de nosotros mismos y aprender a ser felices de verdad. Tic tac.