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miércoles, 5 de agosto de 2015

El sentimiento y la flor

En un pueblecito de la tierra, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía una joven llamada Norma. Moraba con sus padres en una pequeña granja de aquel lugar y, como cada día, cuando salía el sol, acudía a llenar un cántaro de agua en el pozo que se encontraba al final de un pequeño sendero. La niña, adoraba ese momento porque se sentía libre. Además, pensaba que ese tiempo era un regalo de la vida para conocerse mejor a sí misma, y eso la haría mucho más fuerte.

Un día, en la mitad del camino, se detuvo junto a una pequeña hortensia, pues su voz, su belleza y su embriagador aroma, la habían hipnotizado. La hortensia nunca había conocido profundamente a nadie y necesitaba tanto estar con Norma que cuando tenía que partir de nuevo, se sentía sola y lloraba tan fuerte que todo el pueblo podía oírla. Lo hacía tan intensamente y durante tanto tiempo que, cuando Norma volvía a pasar a su lado en el camino de vuelta, la veía prácticamente marchita y tan débil, que le debía dar un cuarto del agua de su cántaro para que sobreviviese. Un día, Norma dejó de sentir esa atracción especial por la hortensia y cuando pasó a su lado, continuó su camino sin parar. La hortensia lloró y lloró sin parar durante días, y Norma se consideraba culpable de la infelicidad de la flor. Se sentía muy triste y por ello, en el camino de vuelta, seguía echándole agua de su cántaro. Los sollozos eran mucho más largos e intensos, y un cuarto del agua del cántaro dejó de ser suficiente; ahora, hacía falta casi medio.

En la granja comenzaron a pasar sed ya que el agua que traía la joven era insuficiente, pero Norma no podía cargar con un cántaro más grande, y tampoco podía permitir que la hortensia muriese, ya que ella creía tener la culpa de su estado. La tristeza fue consumiendo a la niña cada día más, y ya no era feliz en ese maravilloso camino.

Un día, cuando estaba sacando agua del pozo, una chispa de luz brilló tras él y Norma se asomó para ver de qué trataba, descubriendo allí una flor que nunca jamás había visto. Era una margarita, pero sus pétalos eran los de una rosa roja. Se agachó y la preguntó:

            -Hola, ¿quién eres?
            -Soy una flor.
            -Eso ya lo sé pero, ¿qué haces aquí?
            -Vivo aquí desde hace mucho tiempo.
            -Si es así, ¿por qué nunca te he visto ni oído?
            -Porque los fuertes sollozos  que se oyen cada día no te han permitido   oírme, y el pozo no te ha permitido verme.

Hablaron algunos días, no todos, y Norma se sentía muy especial con esa nueva flor. Se divertían mucho juntas, la trataba genial, la escuchaba, la escribía poemas y tenía muchos detalles con ella. Era especialista en dibujar sonrisas en su rostro.

Norma se dio cuenta de que la nueva flor era muy diferente a la hortensia, y comenzó a sentir algo diferente. La gustaba ese nuevo sentimiento, pero era distinto y la entró miedo a perder definitivamente a la hortensia. "¿Y si solo puedo ser feliz con ella?" "¿Me seguirá amando?", pensó la niña. Este pensamiento hizo que, en su camino, comenzase a parar junto a la hortensia, como hacía antes.

Un día, preguntó a la nueva flor;  -¿Me sigue amando la hortensia?  Sus pétalos comenzaron a brillar, y fue arrancando uno a uno. "Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere...".
Mientras lo hacía, la nueva flor comenzó a perder brillo, y poco a poco se fue apagando, mientras la susurraba:

            -A lo largo del camino, vas a encontrar muchas flores diferentes, ninguna         igual. Te van a hacer sentir cosas muy diferentes, pero no peores a lo         que hayas sentido antes. Eres joven, y te queda por delante un camino      muy largo para ser feliz. Nunca te detengas, por nada. Nunca llores.             Sonríe.

La última chispa de brillo se esfumó de la nueva flor mientras una lágrima recorrió el rostro de Norma y cayó sobre ella.





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