En un pueblecito de la tierra, de cuyo nombre
no quiero acordarme, vivía una joven llamada Norma. Moraba con sus padres en
una pequeña granja de aquel lugar y, como cada día, cuando salía el sol, acudía
a llenar un cántaro de agua en el pozo que se encontraba al final de un pequeño
sendero. La niña, adoraba ese momento porque se sentía libre. Además, pensaba
que ese tiempo era un regalo de la vida para conocerse mejor a sí misma, y eso
la haría mucho más fuerte.
Un día, en la mitad del camino, se detuvo junto
a una pequeña hortensia, pues su voz, su belleza y su embriagador aroma, la
habían hipnotizado. La hortensia nunca había conocido profundamente a nadie y necesitaba
tanto estar con Norma que cuando tenía que partir de nuevo, se sentía sola y
lloraba tan fuerte que todo el pueblo podía oírla. Lo hacía tan intensamente y
durante tanto tiempo que, cuando Norma volvía a pasar a su lado en el camino de
vuelta, la veía prácticamente marchita y tan débil, que le debía dar un cuarto
del agua de su cántaro para que sobreviviese. Un día, Norma dejó de sentir esa
atracción especial por la hortensia y cuando pasó a su lado, continuó su camino
sin parar. La hortensia lloró y lloró sin parar durante días, y Norma se consideraba
culpable de la infelicidad de la flor. Se sentía muy triste y por ello, en el
camino de vuelta, seguía echándole agua de su cántaro. Los sollozos eran mucho
más largos e intensos, y un cuarto del agua del cántaro dejó de ser suficiente;
ahora, hacía falta casi medio.
En la granja comenzaron a pasar sed ya que el
agua que traía la joven era insuficiente, pero Norma no podía cargar con un cántaro
más grande, y tampoco podía permitir que la hortensia muriese, ya que ella
creía tener la culpa de su estado. La tristeza fue consumiendo a la niña cada
día más, y ya no era feliz en ese maravilloso camino.
Un día, cuando estaba sacando agua del pozo,
una chispa de luz brilló tras él y Norma se asomó para ver de qué trataba, descubriendo
allí una flor que nunca jamás había visto. Era una margarita, pero sus pétalos
eran los de una rosa roja. Se agachó y la preguntó:
-Hola,
¿quién eres?
-Soy
una flor.
-Eso
ya lo sé pero, ¿qué haces aquí?
-Vivo
aquí desde hace mucho tiempo.
-Si
es así, ¿por qué nunca te he visto ni oído?
-Porque
los fuertes sollozos que se oyen cada
día no te han permitido oírme, y el pozo
no te ha permitido verme.
Hablaron algunos días, no todos, y Norma se
sentía muy especial con esa nueva flor. Se divertían mucho juntas, la trataba
genial, la escuchaba, la escribía poemas y tenía muchos detalles con ella. Era
especialista en dibujar sonrisas en su rostro.
Norma se dio cuenta de que la nueva flor era
muy diferente a la hortensia, y comenzó a sentir algo diferente. La gustaba ese
nuevo sentimiento, pero era distinto y la entró miedo a perder definitivamente
a la hortensia. "¿Y si solo puedo ser feliz con ella?" "¿Me
seguirá amando?", pensó la niña. Este pensamiento hizo que, en su camino, comenzase
a parar junto a la hortensia, como hacía antes.
Un día, preguntó a la nueva flor; -¿Me sigue amando la hortensia? Sus pétalos comenzaron a brillar, y fue
arrancando uno a uno. "Me quiere, no me quiere, me quiere, no me
quiere...".
Mientras lo hacía, la nueva flor comenzó a
perder brillo, y poco a poco se fue apagando, mientras la susurraba:
-A
lo largo del camino, vas a encontrar muchas flores diferentes, ninguna igual. Te van a hacer sentir cosas muy
diferentes, pero no peores a lo que
hayas sentido antes. Eres joven, y te queda por delante un camino muy largo para ser feliz. Nunca te detengas,
por nada. Nunca llores. Sonríe.
La última chispa de brillo se esfumó de la
nueva flor mientras una lágrima recorrió el rostro de Norma y cayó sobre ella.

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