Nacemos de
la nada y al morir, nos convertimos en nada. Cuando esa chispa mágica nos
regala la existencia, lo único que poseemos es cuerpo, alma, y un largo y
esperanzador camino en búsqueda de la felicidad llamado vida. Ese recorrido entre
el nacimiento y la muerte, en el que nos rodeamos de todo lo posible en nuestro
egoísta afán por poseerlo; miles de cosas a las que aportamos un valor tan
fugaz como la vida misma, miles de cosas que representan la
insignificancia. No caemos en la cuenta
de que todo aquello que nos "pertenece" es ajeno a nuestro alma,
impenetrable en ella, y un recíproco abandono es un punto evidente en algún
momento del destino de todas las personas. ¿Por qué damos tanto valor a cosas
insignificantes? ¿Por qué dejamos que el egoísmo y la codicia inunden nuestro
alma? ¿Por qué queremos poseer, si en el fondo sabemos que solo nos podemos
poseer a nosotros mismos? Y es que la esencia, lo importante de la vida, son
los momentos cargados de sentimientos, los recuerdos que impregnan nuestro alma
con huellas imborrables, lo que aprendemos hasta que el último soplo de vida
abandona nuestro cuerpo. Solo el día que nos topemos con la muerte, en la
infinita soledad en la que vinimos al mundo, pero marcados por el tiempo y los
recuerdos vividos, nos daremos cuenta de que lo único que nos queda es eso,
recuerdos.

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