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miércoles, 5 de agosto de 2015

Recuerdos

Nacemos de la nada y al morir, nos convertimos en nada. Cuando esa chispa mágica nos regala la existencia, lo único que poseemos es cuerpo, alma, y un largo y esperanzador camino en búsqueda de la felicidad llamado vida. Ese recorrido entre el nacimiento y la muerte, en el que nos rodeamos de todo lo posible en nuestro egoísta afán por poseerlo; miles de cosas a las que aportamos un valor tan fugaz como la vida misma, miles de cosas que representan la insignificancia.  No caemos en la cuenta de que todo aquello que nos "pertenece" es ajeno a nuestro alma, impenetrable en ella, y un recíproco abandono es un punto evidente en algún momento del destino de todas las personas. ¿Por qué damos tanto valor a cosas insignificantes? ¿Por qué dejamos que el egoísmo y la codicia inunden nuestro alma? ¿Por qué queremos poseer, si en el fondo sabemos que solo nos podemos poseer a nosotros mismos? Y es que la esencia, lo importante de la vida, son los momentos cargados de sentimientos, los recuerdos que impregnan nuestro alma con huellas imborrables, lo que aprendemos hasta que el último soplo de vida abandona nuestro cuerpo. Solo el día que nos topemos con la muerte, en la infinita soledad en la que vinimos al mundo, pero marcados por el tiempo y los recuerdos vividos, nos daremos cuenta de que lo único que nos queda es eso, recuerdos. 


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